# Terrorismo

La batalla filipina hacia el Sudeste Asiático

El yihadismo está también en guerra en Filipinas como parte de una estrategia para extender hacia el Sudeste Asiático los propósitos reiteradamente enunciados por el Estado Islámico (EI) y Al Qaeda, obsesionados por alcanzar el califato universal por la vía de la espada en el menor tiempo posible. En apenas tres meses de batalla que el ejército filipino libra en la ciudad de Maraui –en la región del Mindanao musulmán– contra el terror islamista radical se han producido más de 800 muertes, es decir, tantas víctimas como las causadas por ETA desde 1975 hasta el 2011. Además, la contienda de Maraui ha causado el desplazamiento, desde mayo a estos días, de casi 400.000 personas, la mitad de ellas niños, según informó la organización Acción contra el Hambre.

Un combate que aunque el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, afirme que está en su fase final, los analistas europeos en contraterrorismo consideran que no acabará con la derrota militar de los yihadistas atrincherados en Maraui. Al contrario, dan por hecho que tras la capitulación de los extremistas, el yihadismo se mantendrá en Filipinas reapareciendo en forma de terrorismo o de nuevos desafíos de gran envergadura.

Objetivo global. Un soldado filipino pasa junto a una pintada que subraya el carácter global de la lucha del EI en la ciudad de Maraui
Objetivo global. Un soldado filipino pasa junto a una pintada que subraya el carácter global de la lucha del EI en la ciudad de Maraui (EFE)

Pese a la dimensión de estos combates, que ha supuesto la implicación del ejército filipino con el apoyo de Estados Unidos, Filipinas es un frente un tanto olvidado o de interés secundario en esta guerra global desencadenada por el fanatismo yihadista contra cruzados, judíos, apóstatas y kufar (no creyentes o infieles), tal como ellos mismos lo expresan. Al sur de Mindanao, al sur del archipiélago, asesina Abu Sayaf, el grupo extremista-separatista filipino que opera con más intensidad en las islas de Joló, Basilán y Mindanao, que originalmente se formó en 1991 como una rama de Al Qaeda pero que, impactado por el discurso expansionista de Abu Bakr al Bagdadi, hace tres años se sumó formalmente al ideario y disciplina del Estado Islámico en pos de su califato.

El ataque permanente que sufre Filipinas por parte del terrorismo yihadista, por cierto, repetidamente condenado con energía por las amplias comunidades musulmanas del archipiélago, queda eclipsado por la barbarie del EI en Siria e Irak o por sus atentados en Europa y sólo suele asomarse a los medios de comunicación de nuestra latitud cuando asesinan a alguno de sus secuestrados occidentales y transmiten el crimen mediante una burda, pero no por ello menos terrorífica, grabación de teléfono móvil en la que muestran hasta el más mínimo detalle de la agonía de las víctimas de sus degollamientos rituales. De todos ellos, las decapitaciones que más impacto mediático han causado, quizá por su nacionalidad, son las de los canadienses John Ridsdel y Robert Hall, cuya cabeza fue hallada en la isla de Joló; o la del alemán Jürgen Kantner, secuestrado en el 2016 y asesinado en febrero de este año.

Es un hecho que el ideario del Estado Islámico trata de perpetuarse y que ante el retroceso que experimenta en Oriente Medio busca mantener su combate en todos los territorios a su alcance; es decir, en los que hay grupos yihadistas afines. Entre ellos, además de los abordados en anteriores artículos como el Sahel, Libia, África central o las calles de Europa y Estados Unidos, los ideólogos del EI encuentran en el Sudeste Asiático un terreno abonado para mantener su yihad exterior y expandirse. Lo anuncia el propio EI en su número 10 de Rumiyah, uno de sus magazines, en el que no escatima ni fotos de muyahidines entrenando bajo su bandera en algún lugar del Sudeste Asiático, ni oculta sus planes e intereses expansivos azuzando a sus seguidores a combatir y atentar por Dios en aquella zona del mundo.

En Malasia, Filipinas e Indonesia se detecta un auge de la interpretación extrema del islam que propone la propaganda del EI. Por ahora la República de Indonesia, con sus 260 millones de habitantes, la mayoría de ellos musulmanes (86%), mantiene a raya el radicalismo yihadista. Sin embargo, Filipinas, que va hacia los 30 años de presencia muy activa de ese fanatismo, está inmersa ahora en combates de carácter militar que evidencian el salto cualitativo de los yihadistas locales gracias al apoyo de correligionarios llegados del extranjero. Y esa colaboración internacional de los llamados foreign fighters, (combatientes extranjeros) preocupa a la coalición internacional contra el terrorismo pues reafirma que el efecto llamada que tanto se ha dado en Siria e Irak y que antes se produjo en Afganistán (Bin Laden, de hecho, era uno de ellos) es una constante del radicalismo islamista que sostiene el carácter global de su terror. En el caso de Filipinas, el Ministerio de Defensa ha identificado entre los extremistas muertos a saudíes, malasios, indonesios, yemeníes y chechenos. Una muestra más de la internacional del terror.

http://www.lavanguardia.com/internacional/20170930/431643170389/la-batalla-filipina-hacia-el-sudeste-asiatico.html