# Historia Militar

Las Guerras del Opio

Primera Guerra del Opio

Hasta el siglo XIX, la dinastía Qing había sido una de las más esplendorosas de la historia china, sino la que más. No obstante, durante los últimos años del reinado de Qianlong se sentaron las bases del declive que sobrevendría en el siglo XIX. Durante la primera mitad del siglo, en los reinados de los emperadores Jiaqing y Daoguang, el gobierno estaba totalmente corrompido, el ejército estaba desfasado y mal pertrechado, y las arcas del Estado estaban vacías debido al despilfarro y a la corrupción. La tierra se concentraba a título privado en unas pocas manos: las del emperador, la corte, los funcionarios y los terratenientes, quienes a su vez arrendaban la tierra en pequeñas parcelas entre multitud de campesinos a los que se les exigía el pago de impuestos cada vez más onerosos. No es de extrañar, por tanto, el descontento que se fue apoderando del pueblo llano a lo largo de ese periodo.

En contraste con esta situación, Europa estaba en pleno proceso de industrialización. Inglaterra ya había finalizado la Revolución Industrial, y Francia y los demás países europeos, así como Estados Unidos, estaban en ello. El Impero británico tomó a China como blanco para su expansión comercial. De ella esperaba obtener un mercado al cual exportar, mano de obra barata y materias primas a precio de coste.

A comienzos del siglo XIX, la balanza comercial entre Gran Bretaña y China era netamente favorable a esta última. La plata del continente americano no dejaba de fluir hacia las arcas chinas, mientras que multitud de productos, sobre todo el té, no paraban de llenar los buques británicos con destino a Europa. Como China era un mercado autosuficiente y su gobierno adoptaba una política de aislamiento, los extranjeros se encontraban en desventaja debido a la imposibilidad de que sus productos pudieran penetrar el mercado chino. Para equilibrar la balanza comercial, los británicos tuvieron la ocurrencia de introducir el opio en China.

El opio, que se obtiene de la planta de la adormidera, es una sustancia adictiva que pronto hizo mella en la sociedad. Su consumo fue aumentando hasta el punto de que en 1839, los británicos introdujeron en China 35.000 cajas de opio, en contraste con las 200 anuales de finales del siglo XVIII. De esta forma, China pagó en plata, por concepto de «importación» de opio, unos 100 millones de liangs o dólares de plata (1 liang = 50 g) durante la primera mitad del siglo XIX. Ello supuso una merma importante en las finanzas del gobierno Qing y obligó al Estado a subir los impuestos, con las consecuencias que veremos en un capítulo posterior (la Rebelión Taiping).

El consumo de opio causó estragos en todas las clases y estratos sociales: en el campesinado, los letrados, la nobleza e incluso en la corte. Tal hecho agravó la situación del país porque la adicción al opio por parte de los funcionarios los volvía más ineptos y corruptos. Se calcula que por entonces había más de dos millones de adictos en el país.

En 1839, el emperador Daoguang mandó a Lin Zexu, gobernador general de Hubei y Hunan, a Cantón para encargarse de la prohibición total del consumo de opio. No solo se encargó de impedir la entrada del opio por vía marítima, sino que además confiscó todo el que los extranjeros tenían almacenado en el puerto de Cantón.

Recreación de la destrucción del opio en Humen.

Recreación de la destrucción del opio en Humen.

Charles Elliot, el agregado comercial de la misión británica en Cantón, se negó a aceptar la orden de entrega del opio al gobierno chino a petición de los comerciantes tanto británicos como de otros países. Ello hizo que Lin Zexu desplegase sus tropas frente a la zona de residencias extranjeras hasta que aquellos se decidieran a entregar la mercancía. Finalmente se hizo entrega de 1.100.000 kg de opio. Lin Zexu resolvió destruir todo ese opio en una playa de Cantón: Humen (虎门). Así, el 3 de junio de 1839, en presencia de una gran muchedumbre, así como de todos los embajadores occidentales, se llevó a cabo la destrucción del opio almacenado en Cantón. A partir de ahí la guerra era inevitable.

De todas formas, existen datos que demuestran que los británicos ya tenían la idea de atacar China mucho antes del citado suceso. Sin ir más lejos, durante los años precedentes al estallido del conflicto, Gran Bretaña utilizó un buque espía, el Amherst, para recopilar informes sobre la defensa costera de Cantón y otras ciudades portuarias del sur de China.

Sea como fuere, tras el incidente de la quema del opio en Humen, el parlamento británico discutió en sesión plenaria si había o no que declarar la guerra a China. El sí ganó por un ajustado margen, pero ganó. Aunque la Primera Guerra del Opio se prolongó durante dos años, no fue más allá de unas cuantas batallas navales y algunas escaramuzas entre tropas de infantería Qing y la infantería de marina británica, mucho mejor pertrechada que sus rivales manchúes. Sin embargo, como veremos más tarde, el pueblo de Cantón fue el que luchó más y mejor contra el agresor británico.

La guerra dio comienzo en junio de 1840. Los británicos utilizaron 16 buques de guerra pesados, 4 vapores con cañones, 30 buques de transporte con 540 cañones y 7000 soldados. Primero atacaron el puerto de Cantón, donde fueron rechazados. Luego, con muy buen criterio estratégico, extendieron la guerra a otros puertos como Dinghai y Ningbo. Incluso navegaron hasta Tianjin para obligar al gobierno Qing a capitular, puesto que Tianjin es, en la práctica, el puerto de Pekín.

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Buques británicos destruyendo los juncos chinos.

Cuando los británicos atacaron Tianjin, el emperador Daoguang se acobardó y ordenó el cese de Lin Zexu, quien era partidario de seguir luchando. En su lugar nombró a Qishan, un reaccionario que antes de la guerra formaba parte de la camarilla que abogaba por permitir a los extranjeros vender libremente el opio en China. Qishan negoció con los británicos y aceptó todas sus condiciones, incluida la de ceder a Gran Bretaña la isla de Hongkong. No obstante, esto último lo hizo en secreto, sin comunicarlo al emperador, quien no admitía concesiones territoriales de ningún tipo. Aun así, los británicos no estaban contentos con la isla que les había sido concedida, ya que por entonces no era más que una roca donde vivían pescadores, piratas y contrabandistas.

Así pues, en diciembre de 1840 los británicos rompieron el alto el fuego para forzar más concesiones por parte manchú. En mayo, las tropas Qing de Cantón sucumbieron ante las fuerzas británicas. Pero fue en ese momento, frente a la debilidad imperial, que los habitantes del pueblo cantonés de Sanyuanli se alzaron en armas y consiguieron poner en jaque a los británicos, quienes se vieron confinados en su campamento. Sin embargo, estos pidieron ayuda a Qishan para que pacificara a su propio pueblo. Por increíble que pueda parecer, Qishan aceptó ayudarlos a romper el cerco y mandó a sus tropas para que reprimiesen a los campesinos, en vez de apoyar al pueblo alzado en armas contra el invasor. Qishan aceptó porque los británicos lo habían amenazado con traer refuerzos desde la India para atacar Tianjin y la capital de forma virulenta. Todo era mentira. La verdad es que los británicos estaban contra las cuerdas en Cantón. No obstante, su argucia dio resultado.

El pueblo resistió al agresor en Cantón.

El pueblo resistió al agresor en Cantón.

Tras verse de nuevo en situación de ventaja, Gran Bretaña prosiguió la guerra. En agosto de 1842, esta concluyó con la firma del Tratado de Nankín, a partir del cual se abrió el periodo histórico conocido en China como el de los «tratados desiguales». El Tratado de Nankín concedió Hongkong al Imperio británico, además de reconocerle el derecho a comerciar libremente en cinco puertos chinos: Cantón, Fuzhou, Xiamen (Amoy), Ningbo y Shanghái. China se vio obligada a pagar 12 millones de dólares de plata en concepto de reparaciones de guerra, otros 6 millones por el opio destruido y 3 más por las pérdidas comerciales infligidas a la economía británica. Adjunto a este tratado, también se firmó el Tratado de Humen, por el que Gran Bretaña consiguió el permiso para alquilar y comprar tierras en Cantón, así como construir en ellas sus propios edificios.

Segunda Guerra del Opio

La Segunda Guerra del Opio (1856-60) es el paradigma de la arrogancia, el cinismo y la maldad de los extranjeros en China, y de su actitud imperialista contra aquel país durante el siglo XIX y la primera mitad del XX. En 1856, Gran Bretaña quería renegociar el Tratado de Nankín para mejorar sus prerrogativas, entre ellas la legalización del comercio del opio, pero se encontró ante la firme negativa de las autoridades Qing. Se imponía, pues, la necesidad de encontrar una excusa para provocar una nueva guerra de agresión.

Los británicos encontrarían tal excusa ese mismo año, con el incidente del buque Arrow. Este se encontraba anclado en Cantón, cuando fue asaltado por las tropas imperiales y su tripulación china detenida bajo la acusación de contrabando. Los británicos pusieron el grito en el cielo porque aseguraban que era un barco con pabellón británico. Lo cierto es que el barco hacía meses que ya no lo era porque había vencido la fecha en la que el arrendatario debía renovar el pabellón. De hecho hubo testigos que confirmaron que el buque ni siquiera tenía izada la Union Jack o ninguna otra bandera británica. Aun así, los británicos lo tomaron como una afrenta y bombardearon Cantón desde el mar a guisa de represalia. Había dado comienzo la Segunda Guerra del Opio, también conocida como segunda Guerra anglo-china, Expedición anglo-francesa a China o incluso Guerra del Arrow.

Batalla en el puerto de Takú, Tianjin.

Batalla en el puerto de Takú, Tianjin.

Francia se unió a los británicos con otra excusa: la muerte de un misionero francés en Guangxi, ejecutado por las autoridades locales por predicar la religión cristiana en una provincia donde no tenía permiso (solo se podía evangelizar en Cantón).

A comienzos de 1858, británicos y franceses extendieron la guerra a Tianjin, antesala de la capital. Para ello contaron con la inestimable ayuda de rusos y estadounidenses, quienes anclaron sus buques de guerra en el puerto para molestar a los defensores chinos, quienes tuvieron que hacer malabarismos para no tocar con sus proyectiles a buques de países contra los que China no estaba en guerra. Así, británicos y franceses atacaron casi sin resistencia la batería portuaria de Takú (大沽, dagu) en Tianjin e invadieron la ciudad. Entonces el gobierno Qing solicitó el armisticio, y a raíz de este, en junio de 1858, se firmó el Tratado de Tianjin, por el que se concedía a todos los países extranjeros el derecho a abrir embajadas en Pekín, la apertura de otros 10 puertos más al comercio exterior (incluyendo Nankín) y el derecho a la libre navegación por el río Yangtsé tanto de buques de guerra como de carga. Además, se permitía a los extranjeros la libre circulación por todo el territorio chino para comerciar, evangelizar, viajar, etc. Por supuesto, también se obligó a China a pagar gravosas reparaciones de guerra.

Así se terminó la guerra, en principio. Pero en 1859, la coalición anglo-francesa provocó otro estallido. A fines de ese año, cuando los embajadores de Francia y Gran Bretaña arribaron por barco al puerto de Tianjin con el objetivo de ir a la capital a intercambiar los originales del tratado, exigieron que su flotilla de escolta pudiera navegar por el río hasta la ciudad para acompañarlos. Las autoridades manchúes aceptaron, pero cuando llegaron a Tianjin los buques empezaron a bombardear la ciudad. Los chinos respondieron en defensa propia e infligieron un severo correctivo a los buques extranjeros. Estos se retiraron a Shanghái derrotados. No obstante, los embajadores británico y francés engañaron a sus respectivos gobiernos haciéndoles creer que fueron los chinos quienes dispararon primero, y obtuvieron el permiso para reanudar la guerra.

Ruinas del antiguo Palacio de verano.

Ruinas del antiguo Palacio de verano.

Ese mismo año, ambos países volvieron a atacar Tianjin con una flota de 200 buques que acabó con las defensas de la ciudad. Luego, por tierra, llegaron hasta Pekín, donde saquearon y quemaron el antiguo Palacio de verano para intimidar a la corte y al emperador Xianfeng (咸丰). De hecho, este ya había huido de la capital por la puerta de atrás. Los agresores exigieron la firma del Tratado de Pekín, por el que se abría Tianjin al comercio exterior y, algo muy importante, se concedía a Gran Bretaña la península de Kowloon, centro neurálgico de la actual Hongkong. No obstante, la firma del tratado supuso un cambio en las relaciones entre la dinastía Qing y los occidentales. A partir de entonces, estos se comprometieron a ayudar al Imperio del Centro a acabar con la poderosa Rebelión Taiping, puesto que para ellos era mucho mejor tratar con un gobierno corrupto, débil y vencido que no con unos campesinos revolucionarios, aunque fuesen de confesión cristiana.